Jesús y sus amigos
cenan por última vez

Era el día de la Fiesta. El pueblo de Dios recordaba cómo los había rescatado de Egipto hacía mucho tiempo.

—¿Dónde vamos a celebrar nuestra comida especial? —preguntaron los doce apóstoles. Y Jesús les dijo el lugar.

Antes de sentarse a cenar, Jesús cogió una palangana de agua y una toalla. Él era su jefe, pero se arrodilló y les lavó los pies, que estaban sucios después de haber caminado durante todo el día.

Pedro pensó que eso no estaba bien.

Pero Jesús le contestó:

—Si a mí no me importa hacer los trabajos desagradables, a vosotros tampoco. Quiero que vosotros cuidéis los unos de los otros, del mismo modo que yo cuido de vosotros. A veces, esto significa hacer cosas que a nadie le gusta hacer.

Era la hora de la cena. Jesús y sus amigos se sentaron a la mesa.

Jesús cogió un trozo de pan, dio gracias a Dios por él y lo partió en trozos para compartirlo con todos.

—Éste es mi cuerpo, entregado por vosotros —les dijo.

Cogió una copa de vino, dio gracias a Dios por ella y se la pasó a los discípulos.

—Ésta es mi sangre, mi vida, derramada para salvaros. Con mi muerte llevaré a mucha gente de nuevo a Dios.

Estaba oscuro. Judas había salido para decir a los enemigos de Jesús dónde podían encontrarlo.

—Antes de que termine la noche —dijo Jesús—, todos vosotros me abandonaréis.

—¡Yo, no! —protestó Pedro—. ¡Nunca te dejaré!

—Sí, lo harás incluso tú —contestó Jesús—. Y será antes de que acabe la noche.

Los amigos de Jesús estaban muy tristes porque no querían que muriese. Él intentó animarlos.

—Voy a ir a casa, con mi padre Dios —les dijo—. Pero volveré. Un día os llevaré para que estéis con Dios para siempre. Todos vosotros confiáis en Dios. Ahora, confiad en mí. Siempre os querré. Si vosotros realmente me queréis, os amaréis los unos a los otros. Yo os he enseñado el camino. Cuando me haya ido —continuó Jesús—, Dios os enviará su Espíritu, el Espíritu Santo. Él estará siempre con vosotros, estéis donde estéis.