Una gran pesca

—¡No se oye! —decían unos.

—¿Qué ha dicho? —preguntaban otros.

Jesús estaba junto al lago de Galilea hablando a la multitud. La gente se amontonaba para oírle hablar de Dios.

Jesús vio dos barcas que estaban en la orilla. Los pescadores habían bajado a tierra para lavar las redes. Jesús se subió a una de ellas y le pidió a Simón, su dueño, que se apartara un poco de la orilla. Desde la barca, sentado, Jesús enseñaba a la multitud.

Cuando terminó de hablar, Jesús dijo a Simón:

—Rema mar adentro y echa las redes para pescar.

—Maestro —le respondió Simón—, hemos pasado la noche faenando y no hemos pescado nada. Pero si tú lo dices, echaré de nuevo las redes.

Así lo hicieron. Capturaron tantos peces que las redes empezaron a romperse y tuvieron que pedir ayuda a Santiago y a Juan, que iban en la otra barca. Llenaron las dos barcas hasta el punto que casi se hundían.

Al llegar a tierra, Simón estaba muy sorprendido de lo que había sucedido. Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan. Simón se echó a los pies de Jesús, diciendo:

—Señor, apártate de mí, que soy un pecador.

Jesús le dijo:

—No tengas miedo. A partir de ahora serás pescador de hombres.

Entonces, sacaron las barcas del agua y, dejándolo todo, siguieron a Jesús.