

Jesús recibe el bautismo
en el Jordán
Había una gran multitud junto al río Jordán. ¿Qué pasaba? ¿Algo extraordinario estaba ocurriendo? Los niños se deslizaron hasta la primera fila para ver mejor.
Pero todo lo que vieron fue a un hombre… ¡hablando!
¡Era un hombre muy raro! Llevaba una túnica de piel y un cinturón alrededor de la cintura.
—Es Juan —decía uno de los mayores—. El hijo de Zacarías e Isabel. Ha venido del desierto. Ahora vive allí. Es un lugar solitario y terrible y casi no hay comida. ¡Come langostas y la miel que fabrican las abejas silvestres!
Juan les hablaba con fuerza y dureza.
—¡Preparad el camino, preparad el camino para el Reino prometido de Dios! Él vendrá pronto. Por eso, debéis estar preparados.
—¿Qué tenemos que hacer?
—Debéis ser más generosos —les decía Juan— y compartid vuestras cosas. Dejad de hacer cosas malas. Dios nos ha enseñado la mejor manera para vivir. Así que haced lo que Él dice. Cuando lo hagáis, estaréis preparados para la llegada del Rey.
Los mayores se miraban unos a otros sorprendidos.
—No hemos sido generosos y hemos hecho cosas malas. Pero estamos arrepentidos, verdaderamente arrepentidos.
—Entonces —les dijo Juan —, seguidme.
Y se metió dentro del río.
Uno por uno, todos se metieron en el agua. Querían quedar liberados de todas las cosas malas que habían hecho.
—Dios sabe que estáis realmente arrepentidos —les dijo Juan—. Él os ha perdonado y os ha lavado dejándoos limpios por dentro y por fuera. Ahora, id a casa y vivid como Dios quiere. De esta forma, estaréis preparados para el Rey de Dios.
Finalmente, todos se habían metido dentro del agua.
¿Quién era el que llegaba ahora?
Era Jesús. También se metió en el agua.
—Tú no has hecho nada malo —le dijo Juan—. ¡Tú deberías lavarme a mí!
Pero Jesús le contestó:
—Tenemos que hacer todo lo que Dios desea que hagamos.
Cuando Jesús salió del río, Juan oyó que Dios decía:
—Éste es mi hijo. Lo quiero y me siento satisfecho de él.
