

Jesús nace en Belén
Unos visitantes llegaron a Jerusalén a caballo. «Pom, pom», llamaron a la puerta del palacio.
—Hemos venido a ver al Rey —dijeron—, al Rey que acaba de nacer.
El rey Herodes se preocupó al oír aquello. ¿Un nuevo rey? ¿Acaso iba a ocupar su lugar? ¡Ni hablar!
Los visitantes se inclinaron ante él.
—Hemos venido de Oriente —le contaron—. Vimos una nueva estrella muy brillante y la hemos seguido hasta aquí. Era una estrella nueva para un Rey nuevo, un Rey para tu pueblo, los judíos. Hemos venido de tan lejos para verlo. Por favor, dinos dónde está.
El rey Herodes estaba muy preocupado. ¿Quién podía ser ese nuevo Rey? Entonces recordó algo y mandó a buscar a sus hombres sabios.
—Hace mucho tiempo, Dios prometió enviar un Rey —les dijo—. ¿Sabéis dónde ha de nacer ese Rey?
—En Belén, señor —le contestaron—. Así lo decían los antiguos profetas.
El rey Herodes deseaba encontrar al nuevo Rey. ¡Lo quería matar! Pero era demasiado astuto para confesarlo.
—Tenéis que ir a Belén —les dijo a los visitantes—. Cuando encontréis al nuevo Rey, por favor, hacédmelo saber. Yo también quisiera verlo.
Aquella noche, los forasteros vieron de nuevo la estrella y la siguieron hasta Belén. Brillaba en el cielo exactamente sobre el lugar donde estaba Jesús.
—Finalmente, hemos encontrado al nuevo Rey —dijeron mientras se arrodillaban delante de él.
E, inmediatamente, sacaron de sus bolsas los regalos que le habían traído.
—Yo le traigo oro —dijo el primer visitante.
—Yo le traigo incienso— ofreció el segundo.
—Mi regalo es mirra —añadió el tercero.
Éstos eran regalos valiosos, dignos de un Rey. Pero para un niño, ¡resultaban unos regalos muy curiosos!
